miércoles, 10 de marzo de 2010

Mordiéndose la cola

Para este año la proyección de crecimiento del PIB oficial ronda el 2.5%, mientras que las proyecciones privadas están en torno a 4% (si es que no ocurre ninguna “sorpresa”). ¿Cómo es esto? ¿El gobierno es ahora más pesimista que los privados? ¿Ahora manipulan los datos para el otro lado? Nada de esto. Simplemente, el gobierno se está mordiendo su propia cola.


El cálculo de la tasa de crecimiento del PIB para un año se realiza usando la fórmula

Donde la barra de arriba indica el promedio para ese año. La primera igualdad nos dice que para un año t (por ej. 2009), el crecimiento se calcula como la diferencia entre el promedio del PIB de ese año (2009) y el año anterior (2008), dividido por el promedio del año anterior (2008). La segunda igualdad se obtiene separando los términos de la división. El año pasado, para los consultores privados el producto cayó entre 3.5% y 4%. Para el mismo período la cifra oficial arrojaría un crecimiento cercano a 1.3%. Esta enorme discrepancia se original principalmente por una marcada sobreestimación del PIB de 2009 (aunque esto también fue cierto para 2008).


Ahora bien, si miramos la segunda igualdad queda claro que si uno sobreestima el producto de un período (sigamos pensando en 2009), esto también será cierto para la tasa de crecimiento de ese año. Sin embargo, para el año que siga (2010), ese producto sobreestimado va a aparecer en el denominador en vez del numerador, lo cual implica que dado un PIB promedio esperado para ese año, la tasa de crecimiento es... MENOR! Dicho de otra forma, supongamos que este año tantos los privados como la estadística oficial esperan que el producto sea similar. Entonces, los privados van a llegar a un número de crecimiento mayor, porque usan como denominador un PIB realista del año anterior, que es menor al publicado como oficial.


Es cierto que no es realista pensar que la estadística oficial va a prever un nivel de PIB similar a los privados, pero lo que sale a la luz es que la manipulación del producto conlleva o bien a una mentira de patas cortas o bien a la necesidad de sobreestimar permanente y crecientemente los niveles de actividad de la economía, lo cual se vuelve insostenible.

viernes, 5 de febrero de 2010

La independencia del Bicentenario

Un banco central independiente implica independencia de cualquier tipo de poder. El principal mandato de un banco central es preservar el valor de la moneda. Por esto se entiende mantener un nivel “suficientemente bajo” de inflación. Hoy en día existe un consenso fuerte que, sin intentar descuidar demasiado este mandato básico, debe ayudar también a suavizar el ciclo económico. La estabilidad del sistema financiero aparece como otro objetivo razonable, que suele estar alineado con estos. Y ahora se piensa, incluso, que es deseable cierto grado suavización cambiaria
Un banco central puede ser independiente e incorporar otros objetivos, reconociendo los trade-offs entre ellos (claro que también necesitará suficientes herramientas). Pero incorporar más objetivos es totalmente diferente a dejar de lado lo que deberías hacer razonablemente para satisfacer una voluntad política. Tiene que haber coordinación entre Economía y el Banco Central, pero estar alineado con la política económica es una cosa y estar sometido a la voluntad política es otra. Y en casos como el nuestro, el poder político también es poder económico. No me puedo imaginar cómo comprar millones de dólares de forma privada en momentos de crisis puede tener un fin de política publica.
El banco central de la convertibilidad o el Banco Central de Ecuador no son ejemplos de lo que se reclama como banco central independiente. Esos son ejemplos de bancos centrales que se abstuvieron de hacer política monetaria con excepción de un único objetivo que vino impuesto por una autoridad superior. El padre de la Convertibilidad fue Cavallo, no Pou. Un banco central independiente no tiene por qué buscar atarse a una moneda.
Unas reflexiones sobre el Fondo del Bicentenario. Yo no creo que las reservas sean un activo absolutamente intocable bajo cualquier circunstancia, pero sí considero que: a) hay que respetar la institucionalidad, b) hay que medir bien las consecuencias y entender el rol de las reservas aunque "estén ahí" (nuestras crisis nos enseñaron algo al respecto), c) se subestima totalmente el tema del embargo, ya que le abrís la puerta a los reclamos de los fondos buitre, d) no hay que olvidarse que las reservas no son algo que llegó gratis, el BCRA tiene activos y pasivos y, muchas de esas reservas se compraron contra LEBACs, con lo cual hay que internalizar la presión al déficit cuasi-fiscal que genera (con sus eventuales consecuencias).
Es cierto que la cantidad de reservas que hay parece ser un colchón fuerte contra un eventual ataque contra la moneda (cubren aproximadamente la totalidad de M2, es decir billetes, monedas, cuentas corrientes y cajas de ahorro), pero si tenemos en cuenta todos los factores anteriores... como mínimo me sentaría a pensarlo un rato largo y hacer un par de cuentas, en vez de sacar un DNU y tratar de llevarme puesto a todo el mundo.
Por último, tampoco entiendo que algunos aplaudan esta medida cuando criticaron otras similares. Aún en el caso en que estuvieran dadas las condiciones para llevarlo adelante, este fondo lo último que tiene como objetivo es el desendeudamiento, sino todo lo contrario. Con esto se busca reabrir el mercado internacional de capitales (que se nos cerró por acumulación de errores pasados) para endeudarse más y tener caja para financiar un gasto con fines políticos que no para de aumentar. Midamos las cosas con la misma vara. No es que si lo hacen los Kirchner "es progre" y si lo proponen otros son "neo-liberales asquerosos".

miércoles, 20 de enero de 2010

Subsidios y algo más

En los comentarios de los últimos posts surgió recurrentemente el tema de los subsidios. Debo confesar que el tema ya me había comenzado a llamar la atención cuando miré con asombro algunos datos sobre la composición del gasto público. Voy a compartirlos con ustedes.

En el gráfico anterior figura la evolución del gasto público en servicios económicos, en particular, Energía y Combustible, Servicios y Transporte. Se observa una muy fuerte aceleración en los últimos años. Para tener una idea de la magnitud de este crecimiento, estas variables se multiplicaron aproximadamente por diez entre 2003 y 2007 en términos reales (es decir medidas en bienes). ¿Qué hay detrás de este descomunal aumento? La política de subsidios del gobierno.
Ante ausencia de otros shocks, un subsidio ocasiona una baja en el precio de un bien o servicio. Un gobierno que persigue una política de subsidios, entonces, está interesado en mantener bajo el precio de algún conjunto de bienes. Esto podría obedecer, en principio a: un intento de aliviar la pobreza (si se subsidian bienes que consumen los que tienen menos recursos), frenar aumentos en precios clave (un intento de maquillaje de inflación, por ejemplo) o intereses particulares, como ganarse la simpatía de algún sector. Partiendo de este punto, voy a mencionar algunas consideraciones sobre el tema.
Varios comentarios que recibí sugerían que la política de subsidios intentó mantener bajo el valor de la canasta básica, lo cual estaría en línea con el primer fin de los que describí arriba. Ahora bien, tanto Energía y Combustible como Servicios son rubros que representan un porcentaje bastante bajo en la canasta de consumo de los más pobres (cerca de un 15% entre los dos, según datos de la encuesta de gasto de los hogares). En el caso de Transporte esto no es tan cierto, ya que este rubro representa casi un 15% por si solo. ¿En que gastan principalmente los pobres? En alimentos (más de un 40%). Mi primera consideración es que la política de subsidios se concentró principalmente en bienes y servicios que son consumidos en mayor proporción por los individuos con mayores ingresos.
Mi próxima consideración apunta al segundo fin de los que mencioné. Que un subsidio presione a la baja al precio de un bien no implica que pueda mantenerlo bajo por siempre. Un nuevo shock que presione a la suba de ese precio va a volver a generar una presión inflacionaria. Ésta se podría volver a reprimir aumentando nuevamente el subsidio, pero este sendero se vuelve eventualmente insostenible. Pero la cuestión no termina ahí. Lo que se suele hacer es acompañar el subsidio hoy a cambio de una promesa de no aumentar el precio mañana (de última, siempre está el recurso morenístico de “mandar a los muchachos”). Mi segundo comentario es que los niveles de inflación que no bajaron de 15% en los últimos 2 años y que llegaron a niveles de 30% en 2008 son prueba de que la política de subsidios no fue efectiva para contener precios. Antes que me olvide, en el caso de alimentos la inflación llegó a superar el 40%.
Por otro lado, la combinación subsidios más control de precios tiene el inevitable efecto de la desinversión. Ojo, con esto no pretendo librar de toda responsabilidad a los empresarios detrás, que suelen tener un importante porcentaje de la culpa también. De cualquier forma, no hace falta más que ver en qué estado funcionan la mayoría de los bienes y servicios subsidiados. Las demoras y el hacinamiento en el transporte, las colas y el desabastecimiento de combustible y la falta de energía dan cuenta de ello. Mi tercer comentario es que los subsidios tampoco representaron una bendición para las consumidores de los bienes y servicios subsidiados, ya que en definitiva se pagó menos (que sin el subsidio), pero se recibió algo de menor calidad. En resumen, observamos un incremento fenomenal en el gasto destinado a subsidios. Estos subsidios fueron ineficaces para controlar la inflación y desincentivaron la inversión (por ser acompañados por congelamiento de tarifas). Si tenemos en cuenta los rubros donde se asignaron, favorecieron relativamente más a los hogares con más ingresos. Por cierto, el deterioro redistributivo no termina ahí, porque los altos niveles de inflación suelen afectar más a los más pobres, que son los que tienen menos posibilidades de proteger sus ingresos.

jueves, 14 de enero de 2010

La pobreza de los números

Hoy me propongo analizar la política de los últimos gobiernos respecto a la inclusión social. Me voy a concentrar en la evolución del gasto destinado a asistencia social y programas de empleo y desempleo. Como podemos ver en la siguiente figura, el gasto en promoción y asistencia social exhibió una tendencia creciente desde 1980, aunque se observa una marcada aceleración desde el inicio de la gestión de Néstor Kirchner. Por otro lado, los programas de empleo y desempleo comenzaron a difundirse a través del Plan Trabajar, lanzado para apalear las consecuencias del efecto Tequila, y luego se incrementaron fuertemente con el Plan Jefes y Jefas, que vio luz tras la crisis del 2001. No obstante, a partir de la administración Kirchner se observa una reversión en el gasto destinado a este tipo de programas.
¿Qué hay detrás de estos números? ¿Responden a las necesidades que surgieron de grupos con bajos recursos o encuentran justificación en un fin más bien político? A continuación, voy a agregarle a la figura anterior los datos de desocupación y pobreza (estos últimos no conseguí antes de 1988).

Varios puntos merecen ser destacados. En primer lugar, se observa en general que el gasto en programas de empleo y seguro de desempleo acompañó el movimiento de la tasa de desocupación. Esto nos sugiere que estos planes surgieron como respuesta a una necesidad del momento, aunque a primera vista no es una señal muy positiva sobre la efectividad de los mismos (más adelante ahondaré más en el tema). En el caso de promoción y asistencia social, el comportamiento parece ser similar hasta la crisis de 2001. A partir de ahí, se observa primero un gran aumento en la pobreza que no es acompañado por el gasto. Posteriormente, a partir del gobierno Kirchner, la pobreza se desacelera fuertemente, mientras que el gasto en promoción y asistencia social se incrementa considerablemente. Aunque esto podría ser una señal de efectividad de dicha política, basado en lo que encontré en mi post anterior, considero que dicha cuestión merece un análisis más profundo.

¿Fue, entonces, el gasto social efectivo para combatir la pobreza y el desempleo? Con esta pregunta en mente, me propongo el siguiente ejercicio. Voy a estimar como afectaron las variaciones en el gasto en promoción y asistencia social y en programas de empleo y seguro de desempleo a cambios en pobreza o desocupación. El punto es que voy a controlar por los efectos de la actividad económica, ya que naturalmente la evolución del producto también va a estar afectando estas variables.

Los resultados que encontré parecen bastante robustos (para los escépticos y/o conocedores, probé con distintas especificaciones y controles). Tanto el desempleo como la pobreza responden negativa (es decir que caen) y significativamente a aumentos en el producto. Sin embargo, en ninguna de mis estimaciones encontré evidencia que esto fuera cierto para cualquiera de los dos tipos de gasto social mencionados. Más aún, en los únicos casos que estas variables resultaron estadísticamente significativas para explicar movimientos en desocupación o pobreza, lo hicieron con signo positivo (es decir que generaron más desempleo o pobreza). Y eso que estoy usando datos de desocupación, que es la medida más generosa! ¿Qué quiere decir todo esto? Que la política de gasto social de los últimos gobiernos no fue efectiva en reducir ni la pobreza ni el desempleo. ¿Es razonable? A mi entender, sí. En este país este dinero se utiliza con fines clientelistas o para impactar directamente sobre una estadística (disimular cantidad de desocupados o de pobres). El “choripán y la coca” no son una solución y menos aún cuando los recursos se asignan arbitrariamente. Estas medidas son bastante estériles porque no atacan la verdadera raíz de los problemas. Una política social genuina debe promover la inclusión de la gente con menos recursos.

lunes, 11 de enero de 2010

Las cosas por su nombre

Hecha mi descarga sobre el contexto político institucional en que nos encontramos, quiero pasar a enfocarme un poco más en lo mío: la economía. Este gobierno siempre se ha jactado de defender los intereses de todo el pueblo, en especial de aquellos que menos tienen. Partiendo de esta “manifestación de intención”, me propongo analizar con cierto grado de profundidad si esto es efectivamente cierto. Voy a concentrarme en la pobreza en Argentina.
Lo primero que voy a hacer es ingresar al sitio del INDEC para corroborar qué porcentaje de la población está por debajo de la línea de pobreza e indigencia. Los primeros resultados parecen “promisorios” (léase ridículos): al primer semestre de 2009, sólo un 13.9% de las personas es pobre y apenas un 4% está por debajo de la línea de indigencia. Ahora bien, sacarme el título de economista sería poco castigo si me detengo en estos números.
Afortunadamente, se encuentra disponible la nueva Encuesta Permanente de Hogares (EPH), donde puedo encontrar datos de ingresos y características de hogares e individuos. Con esta información y los valores de las canastas básicas, podría reconstruir números de pobreza e indigencia. Como es de público conocimiento, los valores publicados de las canastas son cuanto menos sospechosos, dado que se nutren de la misma información que se usa para hacer el tristemente célebre IPC. Por lo tanto, voy a usar información de una medición alternativa de precios para reconstruir el valor de las canastas básicas (ver Detalle de la metodología).
El bastante interesante resultado que encuentro es que, en gran contraposición con la estadística oficial, un 31% de la población se encuentra sumergida por debajo de la línea de pobreza, mientras que un 10.5% es indigente. Más allá de lo alarmante que resulta saber que 1 de cada 3 argentinos vive en la pobreza y de ver la discrepancia entre la estadística oficial y números más realistas, vamos a tratar de contextualizar estos valores.
Estos valores de pobreza e indigencia no se registran desde 2005, época en las cuales estas estadísticas se encontraban aún en franco descenso por la recuperación de la crisis. Más aún, al primer semestre de 2007 (dato que también debería estar expuesto a alguna sospecha) la pobreza se encontraba en 23.4% y la indigencia en 8.2%. Esto quiere decir que, durante la gestión de CFK, los niveles de pobreza e indigencia se incrementaron considerablemente. Si hacemos una comparación a nivel países, nuestro vecino Uruguay registró una tasa de pobreza de 21.7% para 2008. Paraguay, 35.6% en 2007. En Estados Unidos un 13,2% de la población se encontró por debajo de la línea de pobreza en 2008. En un país más estereotipo de políticas inclusivas como Holanda, es de 10.5%. Nuestro 31% se asemeja bastante al 31.7% de Bhután y al 32% de Togo. Pero, claro está, siempre podrán salir a alegrarse de que estamos muy por debajo del triste 80% que registran algunos países africanos.
En definitiva, tenemos un gobierno que se declara “progre” y generó más pobreza e indigencia. Nos quieren hacer creer que estamos mejor que en Europa y estamos como los peores de América Latina. No soy el primero ni seré el último en sostener que este gobierno tiene tanto de progresista como Chávez de democrático.

Detalle de la metodología

Primero estimo la relación entre variaciones en los valores de las canastas básicas y en el IPC en épocas confiables (digamos hasta 2006). Estas variaciones no tienen por qué ser similares, ya que las canastas básicas están muy atadas a los alimentos, que suelen fluctuar más que otros ítems (ni hablar en los últimos años!). Luego, usando una medida de precios menos sospechosa (uso la de Buenos Aires City, que la elabora la ex directora de IPC desplazada del INDEC Graciela Bevacqua), puedo estimar un valor actual para las canastas que esté más cerca de la realidad que lo que yo considero que están los valores publicados. Finalmente, con este valor puedo recalcular los porcentajes de pobreza e indigencia.
Para chequear un poco la robustez de este método, voy a seguir la misma lógica para tratar de inferir cual debería haber sido el valor de la canasta básica total en septiembre de 2003, nutriéndome de la inflación registrada por el IPC desde septiembre del 2000 (esto es porque agarré una planilla con los valores de las canastas que arranca en esa fecha, sepan disculpar mi pereza para ir más allá). Uso 3 años vista, que es un poco más que lo que hago en mi ejercicio. A septiembre de 2000, la canasta básica total valía 151.10 pesos y a septiembre de 2003, 224.38 pesos. Usando mi estimación, encuentro que debería imputar una variación de 49.4164% para ese período, lo que me da un estimador de 225.77 pesos para el valor de la canasta básica total en septiembre de 2003. Nada mal.

viernes, 8 de enero de 2010

Vasos derramados

Quizás demasiado tarde, para mí esta fue la gota que derramó el vaso. Podrán decirme que es porque lo vivo de cerca, que de otra forma no reaccionaría así. No lo sé. Pero si sé que hace tiempo el vaso se viene llenando. El mío y el de todos. Tal vez soy demasiado joven y demasiado idealista. Más bien considero que intento no conformarme con una realidad desoladora. De una forma u otra, hay una pregunta que no para de darme vueltas en mi cabeza: ¿hasta cuándo?
¿Hasta cuándo vamos a permitir que no haya ningún respeto por las instituciones? ¿Hasta cuándo vamos a callar ante el abuso de poder? La pelea con Uruguay, la manipulación de estadísticas, el conflicto con el campo, la apropiación de los fondos de las AFJP, la intervención en el mercado de los medios, el negocio con el fútbol, el enriquecimiento ilícito y tantas otras cosas que no recuerdo en este momento o simplemente desconozco. Ahora, la violación total de la supuesta autarquía del Banco Central.
¿Y dónde está la gente que supuestamente debería poner un freno a esto? ¿Qué tiene para decir la corte suprema de la constitucionalidad de estos atropellos? ¿Dónde está la oposición y su tan relevante mayoría en el Congreso? ¿O acaso el balance de poderes es solamente una idea bonita que nos inculcaron de chicos?
Siento una enorme bronca e impotencia al ver como un grupo de gente puede ignorar tan rotundamente la voluntad de un pueblo y gobernar a través de la confrontación y la soberbia. Me resigno a aceptar que las cosas tienen que ser así. Por eso estoy escribiendo esto. Al menos por ahora conservo mi derecho a expresarme. Podré ser un iluso, pero tal vez si todos nos preguntamos “¿hasta cuándo?” y nos damos cuenta que nuestro vaso ya debería haber rebalsado hace tiempo podemos hacer algo al respecto.